jueves, 8 de abril de 2010

EL MATRIMONIO EN MI VOCACIÓN HACIA EL SACERDOCIO




EXPERIENCIA CON MATRIMONIOS



La Iglesia es comunión de ministerios y carismas. El pueblo de Dios es comunidad de personas. Todos somos iguales en dignidad. Lo más importante es lo que une a los bautizados que se expresa en complementariedad e intercambio de dones. Las mutuas relaciones entre las personas y las formas de vida son una fuente de vitalidad y crecimiento espiritual. En este año sacerdotal, el Papa nos invita a mirar a San Juan María Vianney, entre otros, como modelo de virtudes para los sacerdotes del s. XXI.



Además de esto, yo he encontrado en mi camino a otro tipo de personas, concretamente a matrimonios cristianos, que me han ayudado a encontrarme con mi vocación y me han estimulado en mi camino hacia el sacerdocio de Cristo en la Iglesia. ¿Sabéis a qué me me han ayudado?



1.A encontrarme con mi identidad y vocación sacerdotal, sobre todo en la dimensión humana y existencial.

2.A vivir mi celibato y afectividad sacerdotal.

3.A constatar el paralelismo que existe entre los dos sacramentos.



HACIA UNA IDENTIDAD SACERDOTAL

Junto a ellos, me he hecho esta pregunta concreta: ¿Quién soy yo, seminarista y futuro sacerdote?



Y me he respondido: yo soy un hombre, llamado a amar a la gente, a involucrarme en una relación con ellos, abierto a sus alegrías y enfrentamientos, capacitado para sanar y reconciliar. Un sacerdocio en clave de relación servicial.



Entiendo ahora claramente que ser sacerdote no es tanto hacer cosas buenas por y para los demás. Más que involucrarme en actividades como: administrar los sacramentos, celebrar la misa, predicar, es más bien establecer una relación íntima y profunda con mi gente que es la Iglesia, fomentando las relaciones de amor entre ellos.



A la vez, he descubierto que soy un hombre que se debe dejar amar. Esto significa: dejarme interpelar como persona y como futuro sacerdote. Significa también: estar en contacto con la persona que soy realmente, con mis sentimientos, siendo abierto y vulnerable.



He aprendido, junto a ellos, que, Dios mediante, deberé de ser un sacerdote que tendrá que dejar de protegerse detrás de sus seguridades. Ser capaz de afrontar riesgos, dejando un sistema clerical que tiene sus fallos , pero en el que me siento seguro para elegir construir la Iglesia-comunidad. Ser compañero de la gente al mismo nivel, sacerdote con ellos, no sólo para ellos.



Ellos me han enseñado que el sacerdote está llamado, no a dirigir en exclusiva, o cumplir una función, sino a pertenecer a una Comunidad real en la que cada uno tiene un sitio, sin superioridades, a caminar juntos con un mismo sueño. Con ellos y junto a ellos he experimentado a una Iglesia de hermanos, iguales por el Bautismo, con carismas distintos. Ellos me ayudan a vivir mi vocación "desclericalizada", y ayudado a vivir mi preparación hacia el Sacramento del orden, no sólo en clave jerárquica, sino en clave fraterna.



Me ayudan cada día a dialogar a nivel profundo y a compartir mi vida, no sólo a escucharlos y aconsejarlos, en la clásica dinámica de enseñante-discípulo.



Yo he aprendido, también, de los matrimonios lo que significa de verdad para mí estar casado con la comunidad. Observando sus vidas, he visto cómo se casan cada día, cómo se confrontan, cómo se escuchan ...



MI AFECTIVIDAD Y TERNURA



Los sacerdotes y vocacionados al mismo somos personas sexuadas. Necesitamos desarrollar nuestra afectividad y nuestra ternura. Estamos llamados a vivir en relación de amor tan intensa como en el matrimonio pero de forma distinta (Mt 19; I Cor 7, 7). Hemos renunciado a formar una familia pero no al amor.



El sacerdocio, como el matrimonio, es una aventura de amor con su gente y, en especial, con los más faltos de amor, con los solos y abandonados.



Esto significa que no debo retraerme en un comportamiento distante, inaccesible, de simple funcionario y de "solterón". Que debo tener una madurez afectiva.



"La madurez afectiva del sacerdote, -dice Juan Pablo II, supone ser consciente del puesto central del amor en la existencia humana. Su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y no lo hace propio, si no participa en él vivamente. Se trata de un amor que compromete a toda la persona, a nivel físico, psíquico y espiritual, y que se expresa mediante el significado "esponsal" del cuerpo humano, gracias al cual una persona se entrega a otra y la acoge" (Pastores dabo vobis, 44).


Todo esto no ha sido ni es fácil. Hay en mi interior ciertos miedos que acompañan mi vida afectiva: miedo a que, al abrirme a ellos, descubran mi pobreza y superficialidad. Miedo a manifestar mis emociones, a ser invadido por la ternura y a perder el control. Al mismo tiempo tengo miedo a caminar solo en la vida y a envejecer como un "solterón".



Pero el vivir ya antes de la consagración sacerdotal la castidad me está ayudando a ser más libre porque me lleva a ser honesto conmigo mismo viviendo en la verdad, sinceridad, limpieza y autenticidad en lo que doy, recibo, pido y rechazo; en lo que pienso, digo y hago. Me ayuda a crear lazos de unión con ellos sin dominarlos ni utilizarlos, a amarlos desde la gratuidad, sin pasar factura, sin serun mendigo de cariño y sin crear dependencia; a mostrarme ante ellos como soy, con mis limitaciones, sin falsedades ni máscaras, sin miedo a hacerme vulnerable. Alguien ha dicho que vivir la castidad, ayuda a "pedir con claridad, dar con generosidad, recibir con gratitud y rechazar con responsabilidad''. Esto yo lo he experimento en mi vida.



DOS SACRAMENTOS COMPLEMENTARIOS



En contacto con estos matrimonios he tomado conciencia del gran paralelismo que existe entre el sacramento del Matrimonio y el del Orden. He constatado que los dos son sacramentos relaciónales, que se fecundan mutuamente, sin superioridades ni dependencias de uno sobre otro. Son dos modos de hacer visible el amor de Cristo a su Iglesia.



He visto en los Matrimonios un compromiso de entrega mutua, de fidelidad, de fecundidad y de ser signo de la Alianza del amor de Dios. Y me han recordado que también debo vivir mi vocacion al sacerdocio  como un compromiso de entrega a la Iglesia mi esposa, de fidelidad, de fecundidad (dando vida, haciendo crecer a mi pueblo) y de ser signo y testigo de la Alianza de Dios como nosotros.



Al recordar mi vida y mi vocación que no es muy larga junto a tantos matrimonios comprometidos en su vida de relación, como son mis padres, Maria Jesús y Abel, Macu y Jose y otros muchos que me quedan en el tinterio... me siento tremendamente agradecido a ellos; me siento feliz y afortunado porque me están ayudando sin saberlo a vivir, de forma plenamente humana, mi vocación al sacerdocio. Os quiero mucho y seguid ayudándome con vuestra cristianía y fidelidad al Señor..., os necesito ahora y luego, sereís una preocupación permanente en mi ministerio sacerdotal futuro. Que el Señor os bendiga y os guarde. Kike.

1 comentarios:

María Jesús Costa dijo...

Me llama la atención el enfoque de la relación del sacerdocio con la experiencia con otros matrimonios. A veces me he preguntado al observar a otros sacerdotes cómo pueden vivir sin el apoyo de una pareja. La verdad es que visto así creo que todos los sacerdotes deberían hacer lo mismo y tener un grupo pequeño de amigos para tener una mente psicológicamente sana.